domingo, 17 de septiembre de 2023

Berlinas, góndolas, diligencias y galeras.

 



Tras un comentario que nos envió nuestro amigo Miquel donde nos indicaba que no habíamos explicado, qué eran la rotonda, la berlina y la baca de una diligencia, y sobre todo tras encontrar informaciones más certeras sobre las diligencias de la Cerdanya en la prensa comarcal de la época, vimos que no podíamos cerrar el capítulo de las diligencias, sino que había mucho terreno por explorar.

Además, la lectura de algunos libros decimonónicos, como las "IMPRESIONES Y RECUERDOS" de Julio Nombela, nos han dado unas descripciones precisas sobre la forma de viajar en estos medios en las primerías del XIX.

Caminos y carruajes.

El macadam revolucionó la construcción de carreteras.

Después de siglos de abandono por los poderes públicos, en el siglo XVIII, las redes europeas de transporte iniciaron un gran proceso de mejoras; se renovaron los caminos con nuevas normas de anchura y trazado y se construyeron nuevos canales. Estas mejoras, paralelas a la ilustración, se darían en Francia, Alemania y otros países europeos; en España también se inició un ambicioso proyecto de construcción de caminos, coincidiendo con el reinado de Carlos III.  
 A su vez, al disponer los carruajes de rutas más adecuadas y seguras, evolucionarían a vehículos más confortables y veloces; estos apenas habían cambiado desde los "carrus" romanos, eran vehículos rígidos y pesados, formados por una caja o plataforma sustentada por uno o dos ejes fijados directamente a ella, y con una lanza o dos varas para uncir a las bestias del tiro.
En Hungría y durante el siglo XVI, aparecieron los primeros carruajes con suspensión por correas de cuero, lo que permitiría un mayor confort a los ocupantes, y una mejor adscripción de las ruedas al camino.
Efecto de la suspensión en la marcha de un carruaje.

De la berlina a la diligencia.

En el último tercio del siglo XVII, el príncipe elector Federico Guillermo de Brandem-burgo,   encarga al arquitecto e ingeniero Filippo Di Chiese un carruaje para poder realizar largos viajes con comodidad. Este creó un coche de dos ejes con cabina cerrada dispuesta entre ellos y sustentada por un chasis a los ejes y ruedas. El hecho de que la cabina se situara entre los ejes permitía bajar la altura del vehículo y por tanto, su centro de gravedad, facilitando al mismo tiempo el acceso que sería por puertas laterales. Otra innovación sería la de disponer de una caja cerrada y con ventanas acristaladas, la mejora en cuanto a flexibilidad y suspensiones del vehículo permitían este lujo.

Berlina en la plaza de la catedral de Barcelona.
El diseño fue tan bueno que se extendió por los más importantes carroceros durante el siglo XVIII quienes lo fueron mejorando, y adaptándolo a las necesidades de sus clientes; también se sustituyó el sistema de correas de cuero, por ballestas metálicas y se optimizaron materiales y estructura para aligerarla.  

En su origen disponía de un pes-cante sobre el eje anterior para alojar al cochero y una banqueta en la parte posterior, en los que se situaban los pala-freneros, además tenían encima una especie de cofre donde se metían las provisiones para el viaje. En ellas podían acomodarse cuatro personas. De estas modificaciones surgieron el cupé, la góndola y la diligencia.

La góndola era una berlina más grande que podía contener doce personas sentadas en banquetas situadas en cada uno de los cuatro lados, en su techo disponía de una red para el equipaje ligero, disponiendo además de habitáculos en la parte inferior para la impedimenta más pesada.  También se denominaban góndolas a las diligencias de París que a principios del XIX hacían el transporte a los suburbios partiendo de la "rue Rivoli".

Plano de la caja de una góndola parisina.
Las diligencias en sus inicios eran coches cuya una caja que media 7 por 5 pies, (2x1,5m aproximadamente), con tres ventanillas en cada lado; delante se colocaba el cochero, detrás los equipajes, su nombre respondía a la rapidez con que efectuaba el viaje.  
A pesar de ser tan diligentes los citados coches, empleaban algunos días en sus recorridos y en invierno, según los países, aumentaba el tiempo empleado.

En 1819 aparecieron divididas en cuatro compartimientos, berlina, interior, rotonda y cupé, con baca para los equipajes, su capacidad entonces rondaba los 18 pasajeros.  Tomamos un párrafo de Julio Nombela para ilustrar estos compartimentos:

 las diligencias, coches de gran tamaño divididos en tres compartimentos: berlina, el preferente, interior y rotonda. Algunos tenían cupé en la parte superior delante de la baca, que era donde se colocaban los equipajes. Los asientos de cupé eran los más baratos. Todos los de las diligencias estaban numerados y había que pedir los billetes con bastante anticipación.



Según los países se modificaba la diligencia. En Suiza, por ejemplo, era preciso aumentar su estabilidad; el equipaje se colocaba debajo y los asientos de los viajeros eran más elevados para que pudieran gozar mejor de las bellezas del paisaje. Como el centro de gravedad resultaba más bajo, el vehículo corría menos riesgo de despeñarse o volcar. 

Posteriormente, fueron agrandándose y modificando su estructura, hasta los últimos modelos de principios del siglo XX, como la diligencia conservada en Igualada, que ya tiene similitud a la caja de un autocar de la época.

La galera.

Otro vehículo que a veces se confunde con la diligencia era la galera. Eran carruajes de dos ejes que se usaban para el transporte de mercancías. Eran carros sin suspensión, normalmente tirados por mulas y dedicados fundamentalmente al transporte agrícola y de mercancías. 

La escasez de medios de locomoción en la mayoría de rutas los adaptó al transporte de viajeros, e incluso llegaron a construirse con caja para el transporte de pasajeros, pero no pudieron competir con las diligencias cuando concurrían en una ruta. Su velocidad no pasaba de los cincuenta kilómetros al día.

Hallaremos la mejor descripción de ellas en los recuerdos de Julio Nombela:

El mes de septiembre estaba en sus postrimerías, ya no era cosa de viajar por las noches y la galera, atestada de viajeros, salió de Granada en las primeras horas de la tarde. Para recorrer el trayecto hubiera tardado un día la diligencia: la galera necesitaba tres; pero no había otro medio de locomoción. Después de estar bien repleta la amplia bolsa de la galera con equipajes y bultos de mercancías, se colocaban sobre esta especie de cama uno ó más colchones, según el número de los que llevaban los viajeros para su comodidad, favoreciendo los poseedores de ellos a los que carecían de tan necesario adminiculo. Entraban por delante los viajeros, porque la zaga estaba ocupada por bultos y baúles, y sobre los colchones iban sentándose unos enfrente de otros. Con pretexto de que las señoras no debían bajarse, se las relegaba al fondo, cuidándose de colocar al marido al lado de su mujer, a la hija al lado de su padre y así por el estilo, de modo que entre cada dos personas introducían sus piernas las que estaban enfrente. 
Las cestas con merienda, los paquetes pequeños, las botas de vino, las alcarrazas con agua y las guitarras, que nunca faltaban una ó dos en estas expediciones, colgaban del techo atadas del mejor modo posible a los arcos y tiras de madera que servían de armazón al encerado toldo. A los lados exteriores de la galera, para aprovechar el espacio y hacer contrapeso, iban también muy bien atados y cubiertos con lona ó hule negro, equipajes y mercancías.

                                  Paisaje con galeras, Jan Brueghel el Viejo, 1603, Museo del Prado





Al terminarse aquel depósito de seres humanos, que más parecían arenques en tonel, se encontraba el pescante, donde tomaban asiento el mayoral, alguna señora si se mareaba, algún viajero de los más cucos ó amigo del mayoral, y el zagal, que se bajaba a cada instante para arrear a la Zagala, a la Polinaria, a la Generala o a la Coronela, acompañando sus voces con gritos salvajes para ayudar a las mulas a subir las cuestas y con palabrotas y maldiciones, que yo aprendí, no sin que mi padre, que tenía el genio vivo, dijese al mayoral, al zagal y a cuantos quisieron oírle, que aquello era una bestialidad, que España era un país de cafres y otras lindezas por el estilo, en lo que todos los viajeros estaban conformes; pero el mayoral pretendía que sin aquel lenguaje, al que estaban acostumbradas las mulas, no llegaríamos nunca y que el que no quisiera oír, que se tapase los oídos.