domingo, 31 de mayo de 2020

Vías de comunicación de la Península Ibérica en la prehistória


  


 Hace algunos días glosábamos la figura de Pedro García Faria como uno de los grandes impulsores del higienismo moderno en nuestro país.
Este gran Ingeniero fue persona de gran complejidad y con múltiples intereses.
Desde hace años guardábamos un artículo publicado por la Revista de Obras Publicas en 1917.
Formaba parte de un largo texto publicado entre  4 números consecutivos, era un estudio sobre el origen del transporte y las vías de comunicación en la Península Ibérica.
Dada la gran extensión del documento hemos procedido a publicar las partes más destacadas referentes a la historia del transporte, omitiendo algunas partes introductorias y complementarias.
Recomendamos su lectura en el documento original, que pueden encontrar en:

Por
Don PEDRO GARCÍA FARIA
Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos.
 (...)
VÍAS DE Comunicación EN LA ÉPOCA PALEOLÍTICA

  El ser humano estacionó en Gibraltar y marcharía en demanda de regiones más frescas y agradables. siguiendo la corriente emigratoria a que obedecen los seres semovientes y de que dan idea las anuales excursiones de las golondrinas y otras aves, que vuelven a las regiones del Norte a buscar su morada del año anterior, en cuanto a ello les incitan los primeros rayos de la primavera, haría sus marchas mediante el pedestrismo, por ser de ambulación el único medio locomotivo de que podía dis­poner y que se desarrollaba en las vías naturales que para ello se le ofrecían, y que eran y aún son principalmente, los cauces y divisorias (...), un sistema vehicular de la civilización, gracias al que el hombre pudo expansionarse por todas las comarcas de la prehispania.
Los hombres al avanzar lo hacían lenta y sucesivamente, influyendo en ello, entre otras causas, las climatológicas genera­les y las de cambio de estaciones, así como la necesidad de variar de emplazamiento cuando se alteraban las condiciones vitales del que había disfrutado y resultar allí insuficientes los medios para la subsistencia; (...)
En sus excursiones seguirían los bordes de los cauces alejándose de las zonas pantanosas o de las que por cualquier motivo a entrañara algún peligro para la expedición. En cambio, al instalarse, lo harían muy próximos a alguna laguna (como las actuales de Bañolas y de la Janda, la extinguida de Torralba, etc.), o junto a algún río (como en San Isidro, Madrid; Capellades, etc.), o cerca del mar, como en Lisboa. (...)
 El hombre cuaternario dejó comenzado con su labor secular el  surco de la civilización neolítica. Los hombres postcuaternarios procederían de igual modo como lo hacen en nuestros días los que se inician ya en el comienzo de la civilización y de la ganadería.  (...)
De esta suerte crearon aquellos hombres al terminar el largo periodo cuaternario y al comenzar el neolítico los primeros ca­minos propiamente dichos, con sólo llevar las reses más mansas por la misma ruta, originando esas curiosas vías que aún subsis­ten en nuestros días con los nombres de calladas, galianas, cami­nos de ganado, etc., (...)
Siempre han existido a la vez en el mundo varios estados de civilización, en prueba de lo cual hoy mismo se conocen en el globo pueblos distintos que están en el periodo semisalvaje o prechelense, y desde tal estado al nuestro podrían señalarse todos los tránsitos de que nos ocupamos y aún algunos que por nuestra deficiencia desconocemos.
En esas sus excursiones, el hombre, sin duda alguna se familiarizó con su amigo más fiel, el perro, pues si bien no está pro­bada la domesticación de los animales hasta la era siguiente, o neolítica, Dechelette (obra citada, tomo 1, pág. 337) nos habla ya en este periodo de una especia más definida entre el lobo y el pe­rro, y al tratar de los primeros palafitos como de civilización neolítica, pero contemporánea, con algunas tribus en estado postcuaternario, dice que el perro de los palafitos sería un, intermedio entre el perro corriente y los perros de guarda del ganado, especie de mastines de una fiereza extraordinaria que defienden las reses contra los lobos y otras fieras temibles.




PERIODO Neolítico o DE LA EDAD DE LA PIEDRA PULIDA

Asegura Siret en su notable cronología, que en la época cuaternaria de la Iberia no fue desconocida la domesticación de los de los animales, que implica el principio del pastoreo, la ganadería y la transhumación.     
 A la decadencia de las artes cuaternarias atribuida por Decheletle a la evolución de creencias religiosas de la humanidad que entrañó la debilitación de las prácticas totémicas, y por Siret (Questions de Cronologie et etnographie iberiques, tomo II, pág.5), a las condiciones climatológicas entonces reinantes qué impedían el desarrollo de las aptitudes, sucedió una nueva era, la edad neolítica o de la piedra pulida, era de las grandes revoluciones y transformaciones, entre las cuales sobresalen por su colosal importancia la implantación de las prácticas agrícolas, la domesticación de los animales (figurando desde estos tiempos, y aún de antes, "el perro, que ya no dejó de ser el inseparable compañero del hombre), la creación en los transportes de la circulación rodada y el tratamiento de los metales. Al pueblo pastor sucedió el agricultor como aquél al cazador (...)     ­
Al dedicarse  el hombre a las labores agrícolas, se dulcificó su carácter, adquirió mayor apego a la vida y a la familia  y al lugar en que nació.

La circunstancia de ser semovientes los ganados facilitaba su transporte desde unos puntos a otros; con la sola repetición de este hecho quedaron surcados primero los  senderos y después los caminos. Esto sucedía ya en pequeño dentro de la zona habitual donde pastaban, pero ocurría de igual modo de una zona a otra, para mejorar los pastos, así como al ir de una a otra comarca por razón de ventas, intercambios, o por causas de índole diversa.

Pero otro hecho notable, la sucesión de las estaciones, vino a agrandar las distancias que los ganados debían recorrer, pues sa­bido es que las comarcas más a propósito para la ganadería, que son las sierras Pirenaicas, Cantábrica, de Gredos, Gata, la Estrella etc., durante el rigor del invierno, están bajo influencias meteorológicas y ricas tales, que es imposible en ellas la , permanencia de los ganados, y por esto el hombre, imitando a los  animales emigrantes, fue a invernar con sus ganados a climas  bonancibles y regiones más templadas, originándose de ahí la transhumación que creó las primeras grandes vías de comunicación, que además de las existentes en la edad de la piedra tallada, constituyeron la red viaria hispana del interior, porque en el litoral a los naturales del país fueles fácil ir mejorando las vías que les daba hechas, con las playas, la bienhechora unión del mar y de la tierra. 
Otras causas generales, étnicas, geográficas y comerciales, se combinaron con lo anteriormente expuesto, y la trashumación de los ganados hasta producir la red viaria que presentamos en el mapa. (...)
Entre otros muchos testimonios de la existencia de la transhumación prerromana, citaremos a Tito Livio (lib. XXI, cap. XVlI), el cual dice que los montes Idubeda (sierra de Teruel) y Orospeda (sierra de Segura) mantenían grandes partidas de ganado que no podían subsistir sin trashumarlos.
La transhumación se efectuaba también en apicultura, las col­menas eran trasladadas a lomo de caballerías en busca de las montañas y comarcas de clima apropiado y de mayor abundan­cia de flor, costumbre que, según Costa, aún subsiste en varias provincias andaluzas.
Estos caminos producidos por el paso de los ganados eran los lógicos y naturales para cada dirección determinada, y tanto es así, que luego, al perfeccionase por razones estratégicas o comerciales, se han superpuesto en su dirección general y aun ma­terial en muchos trayectos, cuando no se observa el curiosísimo fenómeno que acusa la vía romana Lata o de la Plata, que se dirige de Mérida a Salamanca, de ir dicha calzada acompañada y seguida de una cañada, cuya hitación debió ser una piedra que está junto al toro que se halla situado entre Segura y el camino romano, con una inscripción que dice: "Ammiuum", esto es, Ca­mino Real, y otra por bajo es Caparra, sita a igual distancia de la vía, en una roca natural del sitio denominado Dehesa Valver­dejo, cuyas letras son L. I. M. (Paedes, Framontanos, pág. 49).
La mayor parte de los nombres indicadores de las etapas de las antiguas cañadas o caminos de ganados, son designaciones de animales o de objetos con ellos relacionados.
Se realiza aquí el fenómeno general en todos los grandes ca­minos, que por muy perfeccionados que sean se hallan en cierto modo paralelos a vías rodadas y éstas a los caminos de herradura   y a los senderos, porque en realidad Dios, causa de todo lo crea­do, ha dispuesto las líneas generales de las redes viarias desde la más rudimentaria a la más perfecta con la constitución de las cordilleras, valles y talwegs.
Costa, en sus estudios ibéricos, atribuye  a la trashumación de la ganadería las contiendas que durante tantos  siglos dividieron la Iberia entre dos bandos, los partidarios del pastoreo y los defensores del cultivo de las tierras, y tanta importancia asigna a dichas contiendas, que comienza su obra Estudios ibéricos  diciendo que el episodio de mayor interés y más lleno de enseñanzas en la historia económica de nuestra nación es la lucha desesperada y fiera que han venido sosteniendo a través de los tiempos la agri­cultura y la ganadería, que está concluyendo por la muerte de ésta.
(...)Para el señalamiento de los caminos ibéricos, hemos tenido en cuenta:
Los tramos existentes de los mismos, algunos de los cua­les han dado nombre a pueblos, cuevas, lugares, como por ejem­plo, sucede con la cueva de la Galiana, junto a Horche (provincia de Guadalajara), cerca de la que subsiste la cañada allí conocida aún con aquel nombre.      
2º Los datos históricos, como ocurre: con la vía hercúlea que siguió Aníbal en su atrevida marcha contra Roma, y de la cual constan las etapas Carthago Nova (Cartagena), Zákinthos (Sa­gunto), Laye (Barcelona), Emporium (Ampurias) y Summo Piri­neo (Portus y Massana); y con los de la campaña de Scipion con­tra Numancia, itinerario descrito con toda minuciosidad por Schuttin (Numantia).
    La existencia de los poblados ibéricos revelada por la Historia y comprobada por la Arqueología.
    La toponimia o designación de nombres de animales o de hechos u objetos relacionados con la ganadería.  
    Los toros de piedra aún existentes, y cuya significación muy discutida ofrece como interpretación más aceptable la dada por Emilio Hubner, al considerarlos como monumentos funerarios indicadores, por tanto, del poblado o tribu que los construyó, aun cuando en varios de ellos se hayan esculpido inscripciones posteriores a la época de la erección, que nada tiene que ver con el carácter de ésta. (Paredes, obra citada, pág. 13).     ­
La ubicación de tales caminos era, en general, más allá que la de las calzadas romanas, no sólo por razón de la defensa y por la conveniencia de separarse de las hondonadas y partes húme­das, sino para unir convenientemente los poblados ibéricos edificados junto a las acrópolis y lugares de fácil defensa.

Características de las vías prerromanas.
Demostrada la existencia de las vías anteriores al año 133, caída de Numancia, que consideramos como la época del comien­zo de la romanización de la Península Ibérica, vamos a ocupar­nos de las condiciones principales de dichas vías.
 En general, las vías de referencia eran simplemente caminos explanados, no obstante en algunos casos se usaron, especialmen­te desde la época cartaginesa, los enlosados, que emplearon los libios antes que los romanos.
Las pendientes eran, en terrenos accidentados, muy fuertes, como se observa aún hoy en muchas cañadas o galianas, y ma­yores todavía que las ya elevadas que luego se admitieron en las calzadas romanas.  ­
La anchura debió ser muy variable, adaptándose a las necesidades que debía servir la vía.
En una palabra, las vías de referencia variaban desde el mísero sendero recorrible sólo por cabalgaduras, montaraces, hasta la cañada romana rudimentaria, tipo que se usaba en vías urba­nas en algunos puntos de los caminos de enlace de estos más frecuentados.
Dan una idea de tales pavimentos las figuras ya examinadas de las vías de Numancia y de Calaceite.
Tito Livio (lib. XXVII, cap. 1) Expresaba que en las vías hispanas había muchas torres colocadas a modo de atalayas en sitios elevados y que servían al mismo tiempo de refugio y defensa con­tra los ladrones.
Cortés, en el Diccionario geográfico e histórico de España antiguo (tomo 1, pág. 244), repite el concepto manifestando que en su tiempo (1838) aun subsistían muchas de estas torres como en la vía de Segobrige (Segorbe) a Turba (Teruel), donde se veían en la cuesta de Ragudo cuatro de ellas en espacio de cuatro leguas, Luego dice que al ponerse en marcha en las guerras púnicas, llevaban los soldados romanos sobre si el trigo para quince días, las armas, una segur, un rallo, una cadena, una soga, una sierra, una cestilla, una hoz, estacas y sus vestidos, con un peso total no menor de 60 libras, y con esa carga llegaban a andar 25.000 pasos en cinco horas si la necesidad lo exigía, hacían marchas de 50 millas diarias.
Tanta importancia daban a los servicios itinerios, que Amia­no (lib. XXIV), refiere que tenían un toque militar especial para aquéllos, y Vegatio proclamaba (lib. XXXVI) que la primera ciencia de un general consistía en tener exacto conocimiento de los caminos que debía recorrer su ejército.

Trazado de la red viaria ibérica. -
(...)Es incontestable que antes de la romanización de España existía la red viaria, siendo de ello pruebas irrecusables la vida civi­lizada de los pueblos y comarcas (plenamente) demostrada por los autores antiguos y modernos), la que es incomprensible sin ca­minos que, cual arterias vitales; permitan que lleguen a aquéllos los productos necesarios para la vida. El paso de los ejércitos numerosos tampoco sin ellos hubiera sido posible, y de estas campañas bélicas se deducen también los puntos de paso de las vías. ­
Tito Livio (28, 1, 16,40 y 33) Y Strabon (3,4 y 9) nos refieren que estaban unidos por una red de carreteras, en época anterior a su romanización, las villas iberas de las que Plo­tomeo enumera.
Son jalones que atestiguan la autenticidad de las vías iberas, los caminos que se sabe fueron utilizados para otras posteriores las estaciones prehistóricas, las poblaciones iberas que estaban enlazadas por dichas vías, la torres, castros, castellares, citanías, etc., los nombres significativos de poblados y lugares las ruinas procedentes de aquellas épocas y los  monumentos megalíticos y los funerarios, pues sabido, es que éstos se disponían cerca de las poblaciones y de las vías, especialmente en los periodos neolítico, del bronce y del hierro, en que tan desarrollado estuvo el culto a los muertos.
 
Conjunto de la red viaria ibera deducida de múltiples datos y antecedentes de poblados, vías, referencias históricas, hitación de monumentos y ruinas ibéricas, etc.
La carretera o vía más importante de toda la red es, según Philipon y otros autores, la vía Hercúlea que desde Narbona se dirigía a Carthago Nova, y pasando el Pirineo probablemente por los dos pasos del Portus y del Coll de Massana (Pella y Forgas) luego iba a Ampurias, Gerona, Arenys, Llavaneras, Cabrera, Santa Coloma de Gramanet, Barcelona, Martorell, Tarragona, Tortosa, Amposta, Peñiscola, Sagunto, Valencia, Sueca, Villajoyosa, Denia, Alicante, Elche hasta Cartagena, que era el puerto más importante de aquella región. La vía Hercúlea la continuaron los romanos desde Narbona a los Alpes, mejorándola probablemente el primero. Por esta antigua vía pasó Aníbal denominándose a la prolongación de dicha calzada "vía Domitia" desde la época de su restauración, verificada por el Procónsul de Narbona Domitius (año 121 antes de Jesucristo). (...)
De Portvendres (puerto ibérico) al golfo de Gascuña se empleaba en los viajes rápidos siete días, a razón de 70 kilómetros diarios (Avienus, 148-151).       
El mismo Julián, tomándolo de Silius (III, 357), sitúa en Puigcerdá el campo de Hércules, cuya leyenda era allí muy conocida.
De Cartagena partían dos vías conducentes a Gadir, una por el litoral, sirviendo los puertos de Mazarrón, Urgis, Molibdana, Baría Murgis, Millares, Almeria, Abdera, Malaca, Carteya, Mellaria y Gadir.      
La otra, saliendo también de Carthago, iba a Kastulone por Eliocron y Turgia. De Kastulone conducía a Gadir, por Corduba, Astigi, Hispalis y Ugia. Por esta vía llegó César con su ejército desde Roma a Obulco al parecer en veintisiete días (Phillpon, obra citada, 281)
Napoleón, en sus Memorias, cree que sólo empleó veintitrés días en esa asombrosa marcha.
De la vía, Herculea se destacaba en Tarragona una vía que iba por Ilerda, Berbegal, Salduvia, Cascantium, Virobesca, Segisanio, Astúrica, Lucus y Betanzos. El trayecto Tarragona-Lérida sería probablemente distinto de la vía romana Aurelia y pasaría por Reus, La Selva, Ciurana, Vilanova de Prades (Sierra la Llena), Pobla de Ciervols y Vilosell. Jalonaban las vías lusitanas, Braga, Oporto, Coimbra y Lisboa.
Las vías de la Bética estaban bastante bien señaladas por las poblaciones antiguas y ruinas de venerable ancianidad reconocidas junto a aquéllas por Bonsor (obra citada, pág. 19) entre Alcalá de Guadaira y Carmona,  y junto a los 17 manantiales o puertos de los Alcores, hallándose otros importantes vestiglos de villas o poblados anteriores a la  dominación romana, y entre las villas púnicas populosas de esa región, menciona a Carmona (que aún subsiste) y además. La Tablada (cerca del Viso) y la Mesa de Gandul. Por esos poblados pasaba uno de los caminos prerromanos.
El carácter de los caminos ibéricos era variable con la comarca donde se desarrollaban. Desde la vía empedrada al estilo implantado por los cartagineses, hasta el simple sendero, había  todas las gradaciones y dominaba en general la vía utilizable para carros, pero  simplemente explanada, sobre todo en las regiones abruptas y del interior. (...)
De ello da idea la siguiente frase, consignada por Tito Livio en su libro XXVIII, cap. 1: Pleraque itinera Hispania impedita sunt aspirate viarium et angustiis saltibus crebis. Ciertamente los cami­nos del interior debieron ser rudos, y especialmente en los Saltus o desfiladeros donde las tropas romanas eran atacadas con violencia tal, que en el desfiladero Tugiense murió Publio Sci­pion atacado por los ilergetes y cartagineses reunidos. (...)
En cuanto a las vías de la Celtiberia, propiamente dicha, nos hemos guiado por los trabajos de Saavedra y de Schultz, pues a pesar de todas las críticas son los más interesantes de cuantos co­nocemos, por estar fundados en investigaciones minuciosas de exploración practicadas pacientemente, y sabido es que en asun­tos de este género el primer comprobante lo constituyen las refe­ridas exploraciones (...)
Para los caminos de la Bética hemos seguido las pocas indica­ciones que se deducen del estudio de las guerras púnicas y de los episodios de Bello Civile del inmortal César, así como de los in­teresantes estudios de Bonsor respecto a las colonias agrícolas de los Alcores.
La parte más difícil y para la que hemos hallado menos datos es la región Norte Galaica, Astúrica y Cantábrica, no porque no tuviera poblaciones y riqueza, sino a causa de haber sido la última en que penetraron las águilas romanas y donde, por tanto, llegaron tarde y mal los conocimientos de los historiadores que se han ocupado de las restantes regiones Ibéricas. (...)

VEHÍCULOS USADOS EN LAS VÍAS IBERAS

 El tipo de vehículos usado en los, tiempos que hasta ahora vie­nen, siendo considerados como prehistóricos es variable, pero entre los tipos de composición más sencilla, la que por otra parte se ha perpetuado hasta nuestros días.        
                
   .
En el Dictionnaire des antiquites grecques et romanies (Darem­berg y Sagio) se describen muchos tipos usados en la antigüedad, pero sólo haremos referencia a los de nombre o carácter celta o ibero.
Benna era un carro de cuatro ruedas portadores de una cesta.
   Llamábase Carpentum a una especie de tartana, o vehículo ce­rrado de dos ruedas muy empleado en tiempo de Tito Livio para conducir a las damas romanas; también se empleaba para viajes largos; dice la misma publicación que los pobladores del Norte al emigrar colocaban en ellos sus mujeres, sus niños y sus provisiones, que arrastraban parejas de bueyes, denominados  Carrago, los cuales se utilizaban para transportar la impedimenta de los ejércitos y luego se disponían formando barricadas alrede­dor de sus campamentos, costumbre que tuvieron los iberos y los galo-celtas; también se usaban esos vehículos para obturar las, entradas de los cercados. La carruca era carro de, cuatro ruedas y el carrussólo tenía dos de ellas.
Sin embargo, el vehículo más generalmente empleado, para las faenas del campo, dado el estado de aquella civilización, debió ser el que representa la adjunta figura núm. 15, que es la de un carro de bronce, formado por un exvoto encontrado por el señor Vives en la cueva o refugio de Despeñaperros, que aún existe en las fragosidades más abruptas de Sierra Morena, cerca de la alta cumbre del collado de los Jardines, donde, sin duda, debió haber una acrópolis ibera que he reconocido al Norte de dicho collado, aunque sin haber hallado pruebas concluyentes; es un carro cuyo recuerdo se ha perpetuado en España, porque se usa casi de igual forma en las montañas de Galicia, donde se empleaban  las carretas generalmente tiradas por una pareja de bueyes o vacas; las ruedas son de madera y formadas, por círculos completos, yendo uni­das al eje, sobre el que se coloca un tablero o la caja. La batalla del carro es reducida, a causa de las malas condiciones de los caminos rurales, cuya pendiente era enorme, y para poder circular por caminos estrechos y tortuosos donde no pueden cruzarse dos vehículos  y por ello el que desciende avisa a los que suben para que aguarden cruce en algún punto más ancho del camino. (...)
Los transportes se hacían generalmente a lomo mediante vestías de carga y también por medio de los carros citados (Diodoro, V, 224, y Strabon, IV, 1, 14); los celtas e iberos se hacían acompañar de sus carros de combate al ir a la guerra.

Con el nombre de petorritum designaban los celtas a un género de carrus, vehículo grande.                                ­
También tenían los celtas y los iberos carros ligeros de bancos como los redae, cuyo tipo también se ha conservado en nuestra Península u en el Mediodía de Francia.
            Las vías fluviales, desprovistas  de las presas que hoy constituyen el principal obstáculo  para la navegación, se utilizaron también para los transportes; desde la piragua tallada en un solo tronco (Tito Livio, XXI, 26,8) a las naves o barcas pesadas, había toda la gama, y entre los distintos tipos era notable el de navibus (Strabon, IV, 1, 14), constituyendo un conjunto muy variado susceptible de frecuentación bastante considerable:
   Según Strabon (Geografía libro III, II, .3) los barcos grandes remontaban el Betis, hasta Híspalis (Sevilla), llegando a Ilipa, Alcalá del Rio y a Cástulo las barcas medianas y menores. En Córdoba puede aún verse juntó a un molino, sito en la margen Izquierda del puente actual, un embarcadero de los utilizados para este género de tráfico.
Bonsor (Les colonies pre-romaines pág.14) traduce el siguiente interesante párrafo de Strabon (obra citada III, II, 3): "Las orillas del Betis constituyen la parte más poblada de la región. Los campos surcados por el río están cultivados con el mayor cuidado, así como las islitas y para colmo de agrado la vista se recrea contemplando bosques y plantaciones admirable­mente conservados. Las montañas vecinas, que ora se aproximaban y a veces se alejan, contienen múltiples yacimientos metalíferos, siendo muy abundantes la plata en los alrededores de Ilipa.» (...)
Del sistema fiscal puede considerarse como probable lo con­signado por Julián (obra citada, 236), según cuyo autor los derechos consistían en impuestos fronterizos y arbitrios de puer­tos, por lo cual el comercio prefería las, rutas con las cuales se cruzaban  menos fronteras o puntos de pago, pues había muchos arbitrios percibidos en las vías terrestres y marítimas (César, 1, 18, 3; Strabon, IV, 3, 2) si bien se hacían concesiones particulares a determinados mercaderes.
 El número de carros de guerra en la Iberia era muy grande; pues Solou en el Atlánticus Sermo, decía que los etíopes hesperios contaban entre sus fuerzas militares 10.000 carros de guerra además de la caballería, arqueros, honderos y una escuadra de 1.200 embarcaciones (Literatura celta hispana, pág. 393). Hero­doto refiere que la tribu libia de los Sauces tenía múltiples carros de guerra guiados por las propias mujeres de cada uno de los guerreros, y agrega que el uso de esos carros de guerra lo apren­dieron los griegos de los libios (Herodoto, lib. IV; .capítulos CLXXXIlI a CXCllI), enseñanza que a su vez los iberos transmitieron a los celtas, según Berlioux (Les Atlantes pág. 107).
Refiere Punicor (1, 222), que con los ejércitos iberos iban los carros de transporte, plaustra vehicula; de los que se valieron los vetones contestanos, incendiando los carros que arrastrados en vertiginosa carrera produjeron el espanto y desorden en las  filas cartaginas, que aprovecharon aquellas para derrotar a éstos, ma­tando a Asdrúbal su General y a una gran parte de su ejército; esa misma estratagema que repitieron con éxito los  vacceos destrozando y poniendo en fuga al ejército de Sempronio Graccho.
Catón en su Originum (lib. 111) hace mención de los carros de transporte usados  en Cataluña.
De lo consignado se desprende, como consecuencia Indudable, la  importancia que, tuvieron las civilizaciones tártara e ibera; y la existencia de su sistema complejo de comunicaciones terrestres y   marítimas. (...)
Los pueblos ibéricos, en síntesis, alcanzaron una civilización muy adelantada en relación con la época de su existencia y dis­pusieron de una red de comunicaciones de mucha extensión, si bien las características de las vías terrestres eran bien distintas de las actuales perfeccionadas, pero estaban en relación con los medios de transporte a que debían servir.

Mayo 1917.

jueves, 23 de abril de 2020

La sirga





  El renill havia ressonat realment al carreró una matina­da boirosa de l'any 1916, quan el Trèvol, conduït del ramal per un peó del llaüt Carlota, va eixir de l'escalfor de l'estable al fred de l'hivern per emprendre la baixada del moll de les Vídues. (1)

Así de contundente comenzaba uno de los párrafos del libro de Jesús Moncada “Camí de sirga”, explicando la salida de la cuadra del mulo Trèvol, para iniciar en Mequinenza la tracción animal a sirga.
El Ebro y la navegación fluvial son protagonistas de la narración.


(1) El relincho había resonado en el callejón una madrugada brumosa del año 1916, cuando el “Trèvol”, guiado por un peón del laúd Carlota, salió del cálido establo al frío invernal iniciando la bajada hacia el muelle de las Viudas.



Transporte fluvial y caminos de sirga.
En tiempos en que el transporte por carretera era casi inexistente, la navegación fluvial era un medio eficaz y económico de acarreo y favoreció el crecimiento de muchas ciudades en las cuencas fluviales.

En Europa la existencia de grandes llanuras y ríos con abundante caudal facilitaron esta navegación, que además, a partir de la Ilustración, se completó con una gran red de canales, impulsando el transporte y comercio de mercancías.
Esta red aún hoy forma parte del transporte europeo sobre todo de graneles y grandes cargas.


La navegación fluvial requería, para remontar la corriente, una tracción externa. En caudales suficientemente anchos   las embarcaciones podían usar velas para impulsarse, pero cuando los vientos no eran favorables o la estrechez del río no permitía el viraje, era preciso recurrir a otra fuerza de empuje, a este tipo de arrastre desde la orilla con un cable o maroma se le denomina arrastre a la sirga o simplemente sirga, de lo que su acción pasa a denominarse sirgar.
  
Originalmente la propia tripulación sirgaba, desde la orilla mediante una maroma ligada a proa, la embarcación.
Este duro trabajo permitía remontar los ríos, ya que además del esfuerzo de remolcar la carga contra corriente, no siempre las orillas eran transitables, por ello con el tiempo fueron estableciéndose en los márgenes fluviales, caminos por los que se podía transitar arrastrando las embarcaciones.


A diferencia de la gran tradición marinera de toda la península Ibérica, por condicionantes naturales, no ha sido prodiga en navegación fluvial.
Tan solo las cuencas finales de los ríos Duero y Tajo en Portugal y Guadalquivir y Ebro en España han tenido tráficos considerables.
En la vertiente mediterránea solo el Ebro ha tenido un tráfico fluvial mayoritariamente en el tramo entre Zaragoza y el delta de dicho río.
Podríamos concluir que ciudades como Tortosa y Zaragoza tuvieron en el Ebro un factor de crecimiento al facilitar el comercio y el transporte de los productos de sus áreas de influencia.
El transporte de carbón entre la cuenca minera de Mequinenza y la estación de Tortosa fueron el canto del cisne de la navegación por dicho río.
 Un cambio de tracción.
El establecimiento de caminos de sirga, facilitaría el paso de bestias de carga, así cuando las cargas a transportar y el valor de la mano de obra aumentaron, se produjo la paulatina sustitución del arrastre humano por tracción ecuestre.
Quan no bufava la garbinada i els llaüts no podien, per tant, pujar a vela, els tripulants eren els encarregats de la duríssima feina de sirgar per la vora i remolcar-los aigües amunt. Ara volien substituir els homes per bèsties. (2)
... tampoc no constava que s'hi hagués afirmat que el sistema de remolcar les naus amb bèsties, adoptat ja temps enrera a les terres planes del delta de l'Ebre, no resultaria riu amunt, on el camí de sirga era sovint abrup­te, difícil i, en alguns llocs, inexistent. Ni es podia assegurar ...(3)
...Dos dies més tard, van saber de boca de tripulacions de pujada que l'Arquimedes Quintana havia atracat a Tortosa, des d'on havia d'emprendre el retorn i fer la prova de substi­tuir els sirgadors per bèsties de tir... (4)


Moncada, nos relata en su obra este cambio de tracción que en Mequinenza se dio en 1916, casi simultáneamente al de la mecanización de muchos otros transportes que hasta entonces eran de tracción animal.
A conseqüència de l'èxit del viatge, el sistema de sirga amb bèsties de tir fou adoptat de seguida a totes les mines de la conca. Cadascuna instal-là els seus propis estables als carrerons dels molls, les tripulacions van ser reorganitza­des i els antics sirgadors, substituïts pels matxos, passa­ren com a peons als nous llaüt  que eixien de les drassanes i s'afegien al tràfec dels rius. (5)
(2) Cuando no soplaba el viento del sudoeste y los laúdes no podían, por lo tanto, navegar a vela, los tripulantes eran los encargados del durísimo trabajo de sirgar desde la orilla y remolcarlos aguas arriba. Ahora querían sustituir los hombres por bestias.
(3)... tampoco constaba que se hubiera afirmado que el sistema de remolcar las naves con bestias, adoptado ya tiempo atrás en las tierras llanas del delta del Ebro, resultará río arriba, donde el camino de sirga era a menudo agreste, difícil y, en algunos lugares, inexistente. Ni se podía asegurar ...
(4)...Dos días más tarde, supieron por boca de otras tripulaciones que Arquímedes Quintana había atracado en Tortosa, desde donde se disponía a emprender el retorno y hacer la prueba de sustituir a los sirgadores por bestias de tiro.
(5)  A consecuencia del éxito del viaje, el sistema de sirga con bestias de tiro fue adoptado enseguida por todas las minas de la cuenca. Cada una instaló sus propios establos en los callejones de los muelles, las tripulaciones fueron reorganizadas y los antiguos sirgadores, sustituidos por las mulas, se incorporaban como peones a los nuevos laúdes que salían de los astilleros y incorporándose al trasiego de los ríos.
SIRGAR
La sirga con tracción animal fue todo un arte, en el que confluyeron dos oficios aparentemente dispares, el del navegante y el del arriero; el sirgador debía guiar al tiro y gobernar el timón de modo que aminorase el esfuerzo del animal.
Una muestra en “camí de sirga”:
El matxo sirgava lentament per la riba dreta remolcant el llaüt. De tornada de Tortosa, ja prop de la vila, el Neptú remuntava l'Ebre amb una feixu­ga càrrega d'arròs i de terrissa. Vora la mitjana de la Fer­radura, Joanet, del Pla, que barrejava a proa amb el bitxer a fi d'alleugerir l'esforç de la bèstia, ....(6) 

(6)  La mula sirgava lentamente por la orilla derecha remolcando el laúd. De regreso de Tortosa, ya cerca de la villa, el Neptú remontaba el Ebro con una pesada carga de arroz y cacharrería. En la orilla de la mediana de la Herradura, Joanet del Pla, trajinaba a proa con el  bichero para atenuar el esfuerzo de la bestia, ....


Mulas y caballos de tiro.
El vell quadrer acaricià la llisor tèbia del llom d'un matxo abans de posar-li la cabeçada; un estremiment pode­rós va recórrer com una onada la pell de la bèstia, impreg­nada d'olor calenta i agra de palla i de fems. (7) 
Si en centro Europa percherones, ardaneses y otros excelentes caballos de tiro impulsaban las embarcaciones, en nuestro país, las mulas “matxos” ejercieron esta labor; este animal de gran fuerza e inteligencia fue un buen colaborador de los navegantes del Ebro.
A diferencia de Francia y otros países donde existía una organización de tiros para acarrear las embarcaciones con una organización similar a las postas, es decir cubriendo el arrastre por tramos de ríoEn el Ebro, los navegantes debían de disponer de su propio tiro y por tanto eran parte de la tripulación que embarcaban y desembarcaban cada vez que habían de remontar un tramo.
La navegación por sirga era solo en algunos tramos y circunstancias, ya que el cauce del Ebro permitía también la navegación a vela.


(7)  El viejo establero acarició el suave y tibio lomo de una mula antes de colocarle la cabezada; un poderoso estremecimiento recorrió la piel del animal, impregnada de un olor caliente y agrio a paja y estiércol.  

La construcción del embalse de Ribarroja a finales de los 60 dió fin a este transporte paralelamente a la desaparición de la villa de Mequinenza y de gran parte de la minería del carbón.
Esta historia pueden leerla en CAMÍ DE SIRGA.

 A 23 de abril de 2020, St. Jordi y día del libro.


domingo, 12 de abril de 2020

The New York & Harlem Railroad, cuna de tranvías y ferrocarriles urbanos.











   Tras algún tiempo de descanso en la cochera, nuestro blog reemprende el camino.
Volvemos con un tema ya tratado: John Stephenson y el tranvía de la “Cuarta Avenida” de Nueva york.
Algunas lecturas posteriores a la publicación de la entrada sobre el nacimiento del tranvía urbano en las calles de Nueva York, nos han revelado algunos errores que habíamos incluido en dichas publicaciones. Quizás el mayor de ellos fue atribuir una corta vida a esta línea.
Muy al contrario, la línea de John Mason fue la simiente de una larga red que uniría el centro de Nueva York con Harlem y perduraría hasta nuestros días en forma actual como parte de la red de metro de NYK.
Dos lecturas nos han ayudado en esta labor:
"History ofthe New York & Harlem Railroad” de E. Clarence Hyatt, publicado en1898
"Sesquicentennialof street railway 1832-1982" de John R. Stevens, publicado en 1984.


Manhattan
La isla de Manhattan es un territorio alargado de 59,5 km² midiendo 21,5 km longitud de norte a sur y de este-oeste entre 3,6 km en el punto más ancho y 1,6 km en el más estrecho.  
La rodean los ríos “East River”, Harlem y Hudson. Su territorio incluye algunas islas más pequeñas como la isla Roosevelt y la isla Belmont, y una pequeña porción de la tierra continental norteamericana llamada Marble Hill, contigua al Bronx, que formaba parte original de la isla de Manhattan, pero la construcción del canal del río Harlem, en el siglo XIX, lo separó de la isla.
Isla de Manhatan
El nombre Manhattan significa "isla de muchas colinas" y viene de la lengua del pueblo lenape su poblador aborigen.
Su fundación data de 1626 cuando colonos holandeses crearon la ciudad de Niew Amsterdam, capital del territorio de la Nueva Holanda.
En 1664 pasó a la administración inglesa y se rebautizó como New York, formando parte del condado del mismo nombre, uno de los doce que forman el Estado de Nueva York, creados en 1683. 
A finales del XIX, Manhattan se unió a los cuatro distritos restantes: el condado del Bronx, la ciudad de Richmond   y los municipios de Brooklyn y Queens, formando la entonces segunda ciudad más grande del mundo.
Actualmente, Manhattan está conectada por puentes y túneles a Nueva Jersey en el oeste y a tres distritos de Nueva York: el Bronx en el noreste y Queens y Brooklyn en Long Island al este y al sur. Su única conexión directa con el quinto distrito de la ciudad es el “Staten Island Ferry”, cuya terminal se encuentra en el Parque Battery en su extremo sur.

Trazado del New York & Harlem Railroad en Manhatan (en rojo el tranvía de Mason) 


Su crecimiento fue relativamente lento hasta la primera mitad del siglo XIX, con las nuevas actividades industriales  y el comercio consiguiente tras la independencia de los Estados Unidos a final del siglo XVIII.
La ciudad fue creciendo desde el sur al norte de la isla. La aparición del ferrocarril en la primera mitad del siglo XIX y su fuerza de abastecimiento, permitió que en menos de una centuria se convirtiera en la primera ciudad de los EE. UU. y una de las grandes metrópolis mundiales.

Ómnibus en Broadway 1849 (colección Eno NYPL)

El primer servicio urbano de Nueva York.
En 1827 Abraham Bower estableció el primer servicio urbano de transporte público en Estados Unidos al incorporar un vehículo ordinario de caballos para servicio de corta distancia que realizaría a lo largo de la calle de Broadway desde Wall Street a Bleecker con un servicio a tarifa fija de un chelín.
El vehículo era similar a una diligencia, y tras el éxito de este servicio, un año después, introdujo un nuevo tipo de coche similar a los ómnibus franceses que había visto en una ilustración con asientos bis a bis y entrada posterior.
La construcción de estos ómnibus fue a cargo del carretero John Stephenson que se convirtió en su constructor por excelencia.


El ferrocarril urbano de la Cuarta Avenida.
A inicios del siglo XIX, el ferrocarril inició su rodadura en los primeros países industrializados, Gran Bretaña, Francia, Austria…. Inicialmente a tracción animal, pronto la aplicación del vapor que se había iniciado con éxito en la industria como fuerza motriz ,se fue incorporando con ventaja primero a nivel de conseguir una mayor fuerza de arrastre y más tarde incrementar la velocidad.
Sin embargo, la tracción animal conservó durante más de un siglo su labor, cuando los trabajos requerían un mejor control de la velocidad y mayor protección contra accidentes, esto se dió en la minería y en el transporte de viajeros, hasta la introducción de la tracción eléctrica a fines del XIX.
En Estados Unidos el ferrocarril apareció en 1828 de la mano del Baltimore & Ohio, operando hasta 1832 con tracción animal.
Pronto se iniciarían muchas otras líneas hasta llegar a fines del XIX a formar una gran red ferroviaria que cubrirían todo el país. 
En Manhattan, la “New York y Harlem Rail Road Company recibió la autorización para construir una línea de doble vía en la Cuarta Avenida, al norte de la calle 23 hasta el río Harlem en abril de 1831. Un año después se modificó el proyecto permitiendo la construcción de vías al sur de la calle 23.
El 26 de noviembre de aquel año el ferrocarril urbano inició su rodadura, de una milla de distancia, entre la calle Prince y la calle 14 a través de las calles Bowery y Cuarta Avenida.

Para este primer trazado, la compañía encargó dos carruajes al carretero John Stephenson que construyó dos coches formados por 3 cuerpos de diligencia unidos por un bastidor y con los ejes de las ruedas en las uniones entre los cuerpos; esta disposición permitía reducir la altura del carruaje con respecto al suelo unos 30cm y fue patentada por su constructor en 1833.
Uno de estos coches recibió el nombre de "John Mason" presidente de la compañía e impulsor de aquel proyecto.
Primitivos raíles del ferrocarril  Baltimore & Ohio .

Las vías a ras de la superficie de la calzada consistían en dos pletinas de hierro fijadas sobre bloques de granito enterrados en el suelo. 
Las ruedas de los coches rodaban sobre estos raíles formados tan solo por un larguero de hierro fijado a los bloques de granito que tenían una ranura para permitir el paso de la pestaña de las ruedas, este sistema pronto debería reforzarse con largueros de madera bajo la pletina metálica para evitar su rápida deformación.

La novedad de este sistema no era la de ser un carruaje de pasajeros sobre raíles, que ya había tenido numerosos precedentes desde el Swansea and Mumbles Railway, ni su categoría de servicio público, si no en su recorrido totalmente urbano en el interior de una única población. Había nacido el tranvía. 

Evolución del New York y Harlem Rail Road.
A pesar de cierta oposición inicial, el nuevo ferrocarril fue bien recibido, y en junio de 1833 llegaba por el Norte a Murray Hill entre las calles 33 y 42, completándose el proyecto en 1837 con la llegada a orillas del río Harlem en 1837 por el norte y llegando por el sur hasta el City Hall y la Central de Correos, recorriendo las calles Broome y Center.
La ampliación de la línea motivó un segundo pedido a John Stephenson de tres nuevos carruajes que recibirían los nombres de  'President', 'Mentor' and 'Forget-me-not' ('No me olvides') todos ellos disponían de asientos adicionales en el techo que elevaron su capacidad a sesenta plazas, los asientos de la baca estaban protegidos por un dosel de lona.

Estos coches circularían con tracción animal por el trazado sur, inferior a la calle 14, y desde allí hasta Harlem con tracción de vapor ;esta disposición nos recuerda a la de los tranvías de vapor de Barcelona que originalmente tenían restringido el paso por el municipio de Barcelona, circulando en el tramo de Barcelona con tracción animal y por los municipios de St. Martí de Provençals, St Adrià, Badalona, Gracia, St. Gervasi y Sarrià con locomotoras de vapor.
En 1840 la compañía disponía de un parque de 240 caballos, 6 locomotoras y numerosos coches de pasajeros y vagones de mercancías.
 
Taller y cochera del New York y Harlem Rail Road
Antes de la construcción de los grandes puentes, la línea se convirtió en el medio de acceso a la ciudad de Nueva York para las líneas ferroviarias procedentes del norte del estado de Nueva York y de Nueva Inglaterra con terminal en la Grand Central Railroad Estation.





























 Post escriptum: 
A un dios Desconocido.
Tras publicar esta entrada una idea me ha ido rondando por la cabeza:
Estos días es imposible no pensar en las epidemias, tal vez el motivo de elegir Nueva York para este retorno, no deja de ser una idea subconsciente al comparar la situación de esta magnífica ciudad con la nuestra en España y en concreto en Barcelona.
Una vez iniciadas las búsquedas de información, constatar que precisamente el año 1832 en que nacía el New York and Harlem R.R., se desató en Manhattan una terrible epidemia de cólera, nos ha vuelto a la idea que no debíamos obviar este tema.
El verano de 1832 una epidemia afectó a la ciudad de Nueva York fue tan aterradora, mortal y tan poco entendida como la actual Covid 19: el cólera.
La enfermedad, que se originó en el sur de Asia y se transmitió rápidamente por Europa, alcanzó los Estados Unidos. 
El cólera mató sin piedad a aproximadamente la mitad de sus víctimas, nadie sabía cómo se propagaba o cómo curarlo.
El cólera se propaga cuando los desechos humanos contaminan el agua potable o pasan de persona a persona en las manos sin lavar. 
Las ciudades abarrotadas, insalubres y caóticas como podían ser la Nueva York en 1832 estaban maduras para la epidemia. El Hospital Bellevue era un hospicio con letrinas no funcionales, la Compañía de Aguas de Manhattan, distribuía aguas subterráneas sucias de un pozo poco profundo debajo de un barrio pobre a los residentes de la ciudad. En las viviendas de Five Points, , los inmigrantes irlandeses y alemanes y los afroamericanos se apiñaban en apartamentos sin agua corriente ni alcantarillado.
Peor aún, a medida que se acercaba el cólera, los líderes de la ciudad se negaron a tomar medidas para proteger la salud del público. 
El gobernador se negó a poner en cuarentena el recién abierto Canal Erie o el río Hudson, a pesar de que los investigadores estatales habían notado la propagación del cólera a lo largo de esas vías fluviales. En cambio, atribuyeron la enfermedad a los hábitos inmorales de los borrachos, los pobres y los inmigrantes.
 Cuando un barco que transportaba pasajeros infectados con el cólera llegó al puerto de la ciudad, las autoridades pusieron en cuarentena a los pasajeros en secreto, destruyendo los registros del hospital para ocultarlo. Después de que el cólera estalló en la ciudad de todos modos, el alcalde y la junta de salud se negaron rotundamente a reconocerlo. Valoraron "dólares y centavos por encima de la vida de la comunidad", acusaron los médicos locales.
Estas circunstancias en nuestra ciudad, Barcelona, fueron comunes durante todo el siglo XIX, solo los esfuerzos de Ingenieros de caminos como Ildefonso Cerdá y Pedro García Faria, que proveyeron a la ciudad de un urbanismo higienista y un sistema de alcantarillado modernos y Doctores como Jaime Ferran y Clua, que hoy llamaríamos epidemiólogo, pero que fue un avanzado en su época con sus trabajos sobre la vacuna contra el cólera, lograron la erradicación de este mal que se había convertido en endémico.
Curiosamente,  estas tres personas fueron mal tratadas por la sociedad catalana y española de su época y debieron luchar firmemente para lograr sus objetivos.
Finalmente, solo pedir a nuestro desconocido Dios el fin de esta situación que afecta sobre todo a los más humildes y débiles.